Habla Martín Lutero en sus
conversaciones de sobremesa acerca de la historia de un obispo húngaro que
acompañaba a las tropas que combatían contra los turcos. Al parecer aleccionaba
a los soldados diciéndoles que quien se quedara y no huyera comería con Cristo
ese mismo día en el Cielo. Poco después
la suerte de las armas no fue favorable a los húngaros, y el obispo fue uno de
los que huyó. Viéndolo un soldado exclamó: ¡Mira, uno que hoy se queda en
ayunas!

Sin duda Martín Lutero no debió
parecer muy prudente cuando asistió a la Dieta de Worms ante el poderoso
emperador Carlos I. Se podrá decir que estaba respaldado por un salvoconducto
obtenido por el príncipe Federico III de Sajonia, pero se podrá responder que
esos salvoconductos a menudo eran papel mojado, como sucedió en el caso de
Huss, que pese a ostentarlo acabó en la infamante hoguera.
Cuando Lutero compartió con sus
colaboradores su disposición a acudir, éstos le quisieron hacer desistir, y él
escribió al elector que le había logrado el salvoconducto: "Si no puedo ir
a Worms bueno y sano, me haré llevar enfermo allá. Porque si el emperador me
llama, no puedo dudar que sea un llamamiento de Dios. Si quieren usar de
violencia contra mí, lo cual parece probable (puesto que no es para instruirse
por lo que me hacen comparecer), lo confío todo en manos del Señor. Aun vive y
reina el que conservó ilesos a los mancebos en la hornalla. Si no me quiere
salvar, poco vale mi vida. Impidamos solamente que el Evangelio sea expuesto al
vilipendio de los impíos, y derramemos nuestra sangre por él, para que no
triunfen. ¿Será acaso mi vida o mi muerte la que más contribuirá a la salvación
de todos? . . . Esperadlo todo de mí, menos la fuga y la retractación. Huir, no
puedo; y retractarme, mucho menos."
Lutero acudió a Worms, compareció
ante el emperador, no se retractó de nada y pudo volver sano y salvo para
continuar con su trabajo hasta que murió de muerte natural.
Años
más tarde Thomas Muntzer se encontró en una tesitura parecida. Se encontraba en
Weimar ante los príncipes de Sajonia, y no tuvo reparo en predicarles rematando
su discurso diciendo que: “Ojala
que vosotros, como Nabucodonosor, designéis un Daniel para que os informe de
las directivas del Espíritu.”

Al parecer los príncipes no tenían la más mínima intención
de pensar en Muntzer como alguien idóneo para hacer de Daniel, y formaron una
comisión para decidir sobre el asunto. Pero al parecer o Muntzer recibió algún
chivatazo o tal vez el Espíritu Santo le sugirió que muy probablemente el
dictamen de esa comisión no sería muy favorable a sus tesis. Así que no se
quedó más tiempo en la ciudad a esperar el resultado, escaló por las murallas y
huyó de la ciudad. Prefirió no correr riesgos innecesarios.
Más tarde parece que la prudencia no fue su aliada y fue
capturado, torturado y decapitado sin contemplaciones.
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