La Sentencia.

Hay que ir adelante, avanzar. Cuando te encuentres un traidor llámale traidor. Cuando te encuentres un ladrón, llámale ladrón. Cuando te encuentres un cobarde, llámale cobarde. Siempre adelante, hasta encontrar el sepulcro del hombre que nos va a rescatar en los luceros. Miguel de Unamuno.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Prudencia.


Habla Martín Lutero en sus conversaciones de sobremesa acerca de la historia de un obispo húngaro que acompañaba a las tropas que combatían contra los turcos. Al parecer aleccionaba a los soldados diciéndoles que quien se quedara y no huyera comería con Cristo ese mismo día en el  Cielo. Poco después la suerte de las armas no fue favorable a los húngaros, y el obispo fue uno de los que huyó. Viéndolo un soldado exclamó: ¡Mira, uno que hoy se queda en ayunas!

Recomienda Cristo mismo a sus discípulos que sean prudentes como serpientes pero sencillos como palomas. Visto así, parece algo sencillo, pero a mi entender no lo es en modo alguno. En esa prudencia sin duda juega un papel fundamental el sentido común y la inteligencia de cada cual, pero en un contexto cristiano sin duda ha de tenerse en cuenta la recomendación que asimismo se nos hace en la Palabra acerca del peligro de ser demasiado previsores y calculadores en demérito de nuestra confianza en la Providencia y en el saber que Cristo mismo está vigilando por nuestro bien.

Sin duda Martín Lutero no debió parecer muy prudente cuando asistió a la Dieta de Worms ante el poderoso emperador Carlos I. Se podrá decir que estaba respaldado por un salvoconducto obtenido por el príncipe Federico III de Sajonia, pero se podrá responder que esos salvoconductos a menudo eran papel mojado, como sucedió en el caso de Huss, que pese a ostentarlo acabó en la infamante hoguera.

Cuando Lutero compartió con sus colaboradores su disposición a acudir, éstos le quisieron hacer desistir, y él escribió al elector que le había logrado el salvoconducto: "Si no puedo ir a Worms bueno y sano, me haré llevar enfermo allá. Porque si el emperador me llama, no puedo dudar que sea un llamamiento de Dios. Si quieren usar de violencia contra mí, lo cual parece probable (puesto que no es para instruirse por lo que me hacen comparecer), lo confío todo en manos del Señor. Aun vive y reina el que conservó ilesos a los mancebos en la hornalla. Si no me quiere salvar, poco vale mi vida. Impidamos solamente que el Evangelio sea expuesto al vilipendio de los impíos, y derramemos nuestra sangre por él, para que no triunfen. ¿Será acaso mi vida o mi muerte la que más contribuirá a la salvación de todos? . . . Esperadlo todo de mí, menos la fuga y la retractación. Huir, no puedo; y retractarme, mucho menos."

Lutero acudió a Worms, compareció ante el emperador, no se retractó de nada y pudo volver sano y salvo para continuar con su trabajo hasta que murió de muerte natural.

Años más tarde Thomas Muntzer se encontró en una tesitura parecida. Se encontraba en Weimar ante los príncipes de Sajonia, y no tuvo reparo en predicarles rematando su discurso diciendo que: “Ojala que vosotros, como Nabucodonosor, designéis un Daniel para que os informe de las directivas del Espíritu.”

 

Al parecer los príncipes no tenían la más mínima intención de pensar en Muntzer como alguien idóneo para hacer de Daniel, y formaron una comisión para decidir sobre el asunto. Pero al parecer o Muntzer recibió algún chivatazo o tal vez el Espíritu Santo le sugirió que muy probablemente el dictamen de esa comisión no sería muy favorable a sus tesis. Así que no se quedó más tiempo en la ciudad a esperar el resultado, escaló por las murallas y huyó de la ciudad. Prefirió no correr riesgos innecesarios.

Más tarde parece que la prudencia no fue su aliada y fue capturado, torturado y decapitado sin contemplaciones.

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