Este verano he afrontado la ingente tarea de leer Ana Karenina de Tolstoi. Y allá por la mitad del voluminoso libro me encontrado en con la reflexión de uno de los personajes.
Éste está próximo a casarse, y piensa que en ese momento no teme la pérdida de libertad que va a sufrir tras su matrimonio. Y remata su disquisición con un “Libertad, ¿para qué?” Frase que recuerda a la misma frase, pero mientras que el personaje de Tolstoi se acaba casando, también podría haber permanecido soltero o incluso, aunque difícil para la época, haber pedido el divorcio.
En cambio, en el caso de Lenin, no había muchas opciones. Ningún ciudadano podía permanecer “soltero”, todos debían someterse al yugo bolchevique sin remedio.
Eso sí, al igual que el matrimonio celebrado por el rito ortodoxo, el vinculo solo se disolvía por la muerte de una de las dos partes. Y de eso hubo mucho.