En los años 60 el poderío militar, político y económico de la URSS era imponente, y el Austria poco más que irrisorio en comparación con la segunda potencia mundial.
Además eran los años de lo más crudo de la Guerra Fría , y al máximo dirigente soviético Nikita Kruschev se le ocurrió visitar a su homólogo austriaco, Raabe.
Teniendo en cuenta que Austria estuvo a punto de entrar dentro la órbita comunista tras el final de la II Guerra Mundial, no era una visita cualquiera, y entre los austriacos cundía el temor ante la ira que podía provocar en el visitante cualquier desliz o desaire.
El canciller austriaco tuvo a bien, en el momento del intercambio de los consabidos regalos, regalarle a Kruschev una carta original escrita por el mismísimo Karl Marx, misiva que el ruso recogió campechano y exhibiendo una amplia sonrisa.
Parece ser que nadie se molestó en traducir la enrevesada caligrafía de Marx para saber qué contenía, y si algún investigador soviético se puso a ello se cuidó mucho de sacar a la luz el significado, porque la carta estaba dirigida a la policía austriaca del momento, y en ella Marx informaba a los servicios de seguridad austriacos pormenorizadamente de cuáles eran sus camaradas en el exilio londinense, francés y suizo, y el importe que requería por cada chivatazo.
Muertos ya todos los implicados nunca se podrá saber si Raabe sabía algo del asunto, si fue un desliz de un colaborador o una venganza de algún funcionario nostálgico del régimen anterior a la Guerra Mundial. A saber.



