Desde luego no se puede decir que el antiguo pueblo de Israel se distinguiera por sus muchas luces. Vemos como Samuel, que había prestado grandes servicios al pueblo y el monarca, tuvo la debilidad de nombrar a sus hijos Joel y Abías, como jueces de Israel. Y los nuevos jueces pronto se caracterizaron por su codicia, propensión a recibir sobornos y pervertir el derecho según les convenía. Se hartó pronto el pueblo de ello y pidieron a Samuel nada menos que la monarquía. Vamos, el sistema ideal para evitar el problema que les había llegado.
Aunque más curiosa es la respuesta de Samuel que, viendo que se les acababa el chollo a sus vástagos, no tuvo reparo en proclamar que Jehová no le agradaba el asunto.
Pero muy mal debió ver el cariz del asunto, porque transigió Samuel y ungió a Saúl, que los años venideros tampoco dejaron en muy buen lugar, y tampoco los diversos reyes que le sucedieron dejaron en buen lugar a la institución salvo honrosas excepciones, aunque también es de justicia (y más hablando de jueces) que tampoco es que los gobernados se lo pusieran fácil. Con razón se dice aquello de que cada pueblo tiene el gobernante que se merece.







